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Tras la muerte de Murad I subió al
trono su hijo Bayaceto
I,
heredando
un reino cuya supremacía en los Balcanes estaba consolidada, obligó a
Servia a suministrar tropas a los otomanos y amenazó a la Europa del
Danubio más la Adriática. Mientras, Constantinopla quedaba aislada del resto
del mundo cristiano. El Sultán sometió a una serie de principados turcos
en Anatolia, conquistó Bulgaria e invadió Tesalia y Grecia.
Estos hechos provocaron una alianza antiotomana comandada por el rey
Segismundo de Hungría, en la que tomaron parte nobles franceses y
caballeros de San Juan de Dios además de tropas de Valaquia.
La batalla tuvo lugar en la llanura de Nicópolis
junto al Danubio (1396)
resultando ser un desastre para los cristianos, Bayaceto I se dedicó a
eliminar lo poco que quedaba del imperio bizantino, siendo su principal
objetivo su capital.
Sin embargo
Constantinopla merced a su posición marítima y a su sistema de
fortificaciones, ofrecía una resistencia eficaz a una conquista militar.
El Sultán preparó a conciencia el ataque final construyendo una
fortaleza para bloquear la entrada de la capital por el Bósforo.
Mientras, los estados cristianos de occidente y tras la derrota sufrida en
Nicópolis, elaboraron una alianza con los mongoles de Tamerlán para contrarrestar
la expansión otomana.
Cuando todo parecía perdido para la ciudad, una amenaza venida del este
del imperio salvó al moribundo imperio bizantino, Tamerlán.
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